martes, 16 de marzo de 2010

El viejito de la cascada

A pocos kilómetros de la ciudad de San Cristóbal se encuentra un hermoso salto de agua: "El chorro del Indio". Baja de una montaña en numerosos chorros de agua cristalina. Dicen que viene de una laguna encantada. Muchos han intentado visitarla. Algunos han regresado después de muchas penurias, otros han desaparecido para siempre.

.- El agua salta cantarina por una pared vertical de roca. En algunos de sus salientes crecen matorrales y helechos. La mayoría de las piedras están cubiertas de musgo. Las gotas de agua al caer reflejan los colores del iris y ofrecen un espectáculo encantador. El agua en su descenso corre entre enormes piedras y forma numerosos pozos en donde en días soleados y festivos los habitantes de los alrededores se bañan y disfrutan de sus aguas frías y límpidas. Luego, estas corren rumorosas entre piedras buscando siempre en descenso, el camino de la llanura.

.- Por estos parajes agrestes muy pocas viviendas se encuentran. Solo frente a la salida de las aguas hacia el llano en la quebrada La India, se encuentra un bar amplio, que en los fines de semana se llena de bullicio. Debajo de él, como en un sótano, esta la vivienda familiar, casi siempre deshabitada.

.- La familia Contreras compra el local con los ahorros de muchos años. Se disponía a trabajar todos para salir adelante.

.- Durante el día realizaron la mudanza. En la tarde doña Rosario estaba sentada a la puerta contemplando el paisaje cuando vio bajar por el camino que desciende del chorro a un viejito encorvado, de cabellos y barba grises. Caminaba despacio apoyándose en un bastón. Su figura pulcra y diminuta inspiraba respeto y cariño.

.- ¡ Buenas tardes nos de Dios! - dijo el anciano.

.- ¡ Buenas tardes! - contesto doña Rosario con una sonrisa.

.- ¿ Usted es nueva en este lugar? - pregunto el viejito.

.- Si, con mucho sacrificio compramos este negocio y queremos sacarle provecho trabajando con firmeza.

.- ¿ Y van a vivir aquí? - pregunto el viejito.

.- Sí.

.- ¿ Se van a quedar en las noches?.

.- Sí.

.- No les aconsejo que se queden en las noches, es mejor que se vayan.

.- ¿ Pero por que?. Esto es nuestro y no lo vamos a abandonar.

.- Mi consejo es que no permanezca por las noches por estos lugares. Les pueden causar daño.

.- No abandonaremos la casa, todos nuestros ahorros están invertidos en ella, - contesto doña Rosario un poco inquieta.

.- Venda su casa y negocio y váyanse para otra parte. Si algún mal les sucede no digan que no les advertí. - Y el anciano siguió hablando-. En las noches todo cobra movimiento y vida. El agua del chorro se vuelve resplandeciente, el que la mira pierde la razón. Este lugar esta encantado.

¡ Váyanse de aquí....!

.- No es posible, esta decidido que nos quedaremos aquí - Dijo doña Rosario incrédula.

.- ¡ Que Dios los proteja! - ¡ Buenas tardes!.

.- ¡ Buenas tardes!.

.- El anciano atravesó la quebrada La India y tomo el camino en ascenso hacia la montaña y se perdió entre los árboles.

.- Fatigados del trajín del día, doña Rosario, don Teodoro, Manuel y Joseito se dispusieron a dormir.

.- Durante la noche sintieron ruido y música, pero cada uno pensó que estaba soñando.

.- Los siguientes días fueron de mucha actividad en el bar. En la noche caían rendidos por el cansancio. Entre sueños escuchaban música y voces, tampoco hicieron caso, aunque doña Rosario pensaba en las palabras del viejito.

.- A la cuarta noche despertaron con los ruidos. En la parte superior de la casa que correspondía al bar se oían pasos como de gente que bailaba, risas, voces y música, como si hubiera muchas personas disfrutando de un día de fiesta. Hasta la rockola dejaba oír sus canciones. Ninguno de los cuatros se atrevió a levantarse. Don Teodoro no le hizo mucho caso, creyó que era producto de su imaginación, sueños al fin y al cabo. Manuel tampoco le presto mucha atención, estaba muy cansado. Doña Rosario atemorizada recordaba las palabras del anciano, pero no se atrevía a moverse. Joseito creyó soñar, pero, al despertarse sintió curiosidad y decidió subir al bar para averiguar la causa de la fiesta. Se vistió y subió las escaleras. Al llegar el se apagaron las luces, las risas y las voces. Miro al frente. El Chorro del Indio resplandecía y el agua al caer producía melodiosa música, como si las gotas entonaron una magnifica sinfonía.

.- Atraído por esa música tomo el sendero que conduce cerro arriba hacia la cascada. Cada vez la música era mas fuerte y la luz más intensa. Como lluvia de oro y piedras preciosas el agua se deslizaba desde la cima. No pudo mas, la luz era encegadora y cerro los ojos.

.- Apenas amaneció doña Rosario se levanto nerviosa, llamo a su marido y a sus hijos dispuesta a decirles que vendieran al negocio y se fueran a vivir a otra parte. Joseito no atendió a su llamado. Fue a su cama y la encontró vacía, lo llamo por toda la casa en vano. Tampoco estaban en los alrededores.

.- ¡ Joseito....! ¡ Joseitooo.....!

.- Lo encontraron dormido al final del camino que conduce a la cascada, entre unas piedras al borde del primer pozo. Lo llamaron y se despertó asustado. Dijo:

.- ¡ La luz...! ¡ La luz....!

.- Doña Rosario aterrorizada se dio cuenta de que su hijo menor había perdido la razón. Llevaron a Joseito al medico, este no identifico su enfermedad. Luego a otro, y a otro. Ninguno diagnosticaba su extraño mal.

.- El solo decía:

.- ¡ La luz...! ¡ La luz....!

.- Los alrededores de El Chorro del Indio permanecen deshabitados.

.- Quizás el geniecillo de las aguas, continué apareciéndose en forma de viejecillo para advertir a las gentes que no osen interrumpir en la noche el encanto de la cascada.


el toro candela

El pueblo estaba de fiesta. La gente del lugar lucia sus mejores atuendos para asistir a la misa solemne en honor de la patrona. Un grupo de jóvenes charlaba alegremente a un lado de la plaza.

.- ¿ Que les parece el cartel de hoy? - pregunto Pancho.

.- Promete ser una tarde brillante. Los matadores son valientes y de renombre. Respondió El Chinchurria.

.- En ese momento vieron venir a su amigo Toño, que pálido y lleno de moretones cruzaban la calle.

.- ¿ Que paso? - preguntaron en coro.

.- Casi nada, necesitaba dinero y quise probar fortuna con El Toro de Candela, ya ven, me arrastro y me dejo maltrecho.

.- ¿ Y fuiste solo?.

.- ¡ Claro, pues con quien iba ir! Ustedes saben que el toreo se me da bien, pero fue imposible, nadie puede con las arremetidas de ese toro.

.- Quedaron silenciosos, indiferentes al bullicio del pueblo en fiestas, los ventorrillos, los juegos de envite y azar, el parque de atracciones mecánicas, la gente que se agolpaba para ver la procesión. Ellos permanecían impasibles. Seguían conversando. Pancho no escuchaba los comentarios de sus amigos. Pensaba en la forma de enfrentarse al toro. Alto, delgado ágil y joven, había probado muchas veces la tienta en corrales del matadero y en las haciendas de sus amigos. Su valentía y donaire lo hubiera llevado muy lejos si sus padres se lo hubieran permitido. Trabajaba y estudiaba y no le quedaba mucho tiempo para esos menesteres, pero....mañana seria rico y seguiría su vocación, seria famoso.

.- Por su parte El Chinchurria estaba en similares cavilaciones. Esperaría a que finalizara la corrida y hablaría con el triunfador de la tarde. Irían los dos en la noche y torearía a la "Candela", luego, repartiría los doblones.

.- Tarde de sol, arena y alegría en los tendidos de la plaza improvisada. Arte y valentía, gracia y emoción en la tarde taribense. El triunfador Paquito dio vueltas al ruedo mostrando sus trofeos ante las ovaciones de los aficionados.

.-El Chinchurria fue al hotel y espero la oportunidad de hablar con Paquito. Se pusieron de acuerdo y a las doce de la noche irían a la hacienda de los Martínez.

.- La hacienda de los Martínez estaba situada en las cercanías de Táriba. Amplio valle dedicado al pastoreo, rodeado de frondosos árboles. Mas allá una pequeña quebrada surtía de agua la hacienda. Al fondo las montañas.

.- Un viejo samán sobresalía entre el grupo de árboles. Frondoso y corpulento extendía sus ramas en todas direcciones, bajo ellas, apenas se coloca unos rayos de luz.

.- Se decía que el pie de ese samán estaba enterrada una paila con doblones de oro y que para encontrarlos solo se necesitaba darle dos lances al Toro de Candela.

.- Todo el que necesitaba fortuna intentaba esta empresa pero fracasaba al primer lance.

.- Pancho llego jadeante. Los tres kilómetros hasta la hacienda los había hecho corriendo. Se sentó a descansar en una piedra cercana a las raíces del samán. El silencio, la brisa fresca que movía las ramas de los árboles, los suaves rayos de luna, y sobre todo, la soledad, lo hicieron estremecerse. A lo lejos en la casa grande dormían sus habitantes y de vez en cuando ladraba un perro.

.- Desdoblo con mucho cuidado su raido capote. De pronto sintió ruido. Rápidamente extendió el capote y se dispuso a jugar su suerte. Quedo atónito: cruzando el valle venia un hermoso toro cobrizo que con los rayos de la luna parecía despedir fuego. No cabía duda, era él.

.- Lo espero con el capote extendido, dispuesto a sacarle lances, lo haría con arte. Se acerco, el junto los pies y extendió los brazos sin moverse del sitio. Adorno con el capote una manoletina, y, cuando se disponía a sacar el segundo lance....perdió la noción del tiempo.....

.- Sudando, a pesar del fresco de la noche, llegaron Paquito y El Chinchurria. Buscaron el samán.

.- Esperarían la oportunidad para torear al Toro de Candela, con dos buenos lances serian ricos. Aquel no se hizo esperar......Al poco rato sintieron un ruido de cascos......

.- ¡ Es él!, Dijo El Chinchurria.

.- Y efectivamente, un toro de ojos centellantes, de piel brillante y cobriza, se acercaba vertiginosamente. Paquito extendió rápidamente su capote, para un torero como él seria muy fácil adornarse con un flamante capote y hacer dos lances.

.- Con garbo movió el capote como en sus mejores tardes. Un lance por chicuelinas perfecto y torero, y cuando iba a dar el segundo, se le enredo el capote y cayo al suelo. El Chinchurria miro despavorido. El fulgor de los ojos del toro lo petrificaron. La bestia desapareció. Sobrecogido de terror, El Chinchurria llamo a Paquito y corrieron hacia la salida de la hacienda. En su carrera tropezaron con Pacho que grito asustado al despertarse de su desmayo. Los tres corrieron hasta llegar al pueblo. Jadeantes sudorosos y asustados se sentaron en un banco de la plaza. Mudos y pálidos no podían hablar de miedo. Aun veían la figura corpulenta y cobriza del toro de candela, parecía como si los ojos del toro aun estuvieran lanzando llamaradas.

.- Año tras año se sucedieron hechos semejantes y no era raro que cuando veían a alguien pálido o maltrecho le preguntaran con malicia.

.- ¿ Estuviste en la hacienda de los Martínez?.

.- Con el tiempo la leyenda del Toro de Candela se fue olvidando. No sabemos que le ocurrió al samán y si todavía conserva entre sus raíces la paila con los doblones de oro guardados celosamente por el Toro de Candela.

El juego del celular


Cuando era chica, no existían los teléfonos celulares ni las computadoras. Es más, en algunos barrios la mayoría de las casas no tenían teléfonos. Era muy común que los vecinos prestaran sus aparatos y hasta recibieran llamadas para sus vecinos cercanos.

Esos teléfonos eran grandes, de color negro. Tenían un disco giratorio en el frente donde estaban todos los números del cero al nueve. Para hacer una llamada había que colocar el dedo en el número correspondiente y hacer girar el disco hasta el tope número por número.

Las llamadas equivocadas y las ligadas eran frecuentes. Tampoco quedaban registradas las llamadas y el contestador automático no se había inventado. Eran otros tiempos…

Esto ocurrió en esos tiempos.

Alicia y Liliana eran hermanas y primas hermanas de Patricia y Susana. Las cuatro además de primas eran amigas. Les encantaba jugar juntas. Se disfrazaban, un día se convertían en cocineras, otro en maestras y otro en enfermeras. La verdad es que las cuatro primas se entretenían sin molestar y sin pelearse durante horas.

Por esa razón, un día los dos matrimonios decidieron ir juntos al teatro y dejar a las cuatro niñas jugando en el departamento.

La más chica era Susy, tenía once años. La más grande Alicia, tenía catorce. Lily y Pato tenían doce años.

El departamento era seguro y se conocían todos los vecinos, las niñas sabían comportarse y jamás tuvieron problemas, así que estaban ansiosas por vivir una nueva experiencia quedándose solas por dos o tres horas.

Las chicas estaban felices y en cierta manera se sintieron adultas.

Dejaron las muñecas e incursionaron en el tema maquillaje utilizando el rouge y las sombras para ojos que encontraron. Luego se limaron las uñas y se aplicaron distintos tonos de esmalte.

Mientras estaban tan dedicadas jugando a la manicura, Pato vio la Guía Telefónica y comenzó a ojearla buscando apellidos que le causaran gracia. Así descubrieron apellidos como Gallo, Gordo, Gavilán, Castillo, Rojo, etc. Y no paraban de reírse imaginando chistes graciosos.

Alicia era la que más disfrutaba. De pronto dijo: -Llamemos a ver que contestan-

Y se reunieron todas en torno al teléfono con una sonrisa cómplice.

A Susy, la menor, la nombraron secretaria. Ella debía anotar prolijamente los nombres y los números de los destinatarios de sus bromas.

Liliana sentenció compungida: - Mamá nos va a retar, Nos va a poner en penitencia hasta fin de año-

Alicia, sin darle tiempo ni para respirar, retrucó: Mamá no se va a enterar a menos que alguien se lo diga- y agregó-Espero que cierres tu enorme bocota. Jura con la mano en el corazón que no se lo vas a contar- dijo solemne.

Ay, dijo Lily – Dejame tranquila.

¡No! Dijo Pato- Tenés que jurar que no vas a decir nada.

Está bien. Lo juro – contestó Lily en un susurro.

-Por Canela- Dijo Pato agregando- y no cruces los dedos en tu espalda.

-¡Está bien! lo juro por Canela- Mientras juraba, mostró sus manos y le echó una mirada triste a su gata que dormía en el sillón.

Una vez conseguido el solemne juramento de Lily, se dispusieron a hacer los llamados correspondientes: Al Señor Gallo le preguntaron por sus gallinas, al Señor Gordo le ofrecieron una dieta, al Señor Gavilán le ofrecieron una jaula, al Señor Castillo le ofrecieron mudarse a un rancho, a la Señora Rojo le preguntaron que pensaba hacer este año que estaba de moda el azul y así continuaron muertas de la risa anotando prolijamente a sus destinatarios y los distintos insultos que recibían de sus víctimas inocentes.

El juego se había puesto divertido y hasta Lily participaba con entusiasmo sugiriendo nuevas bromas.

Este pasatiempo del teléfono había resultado un éxito. Era la primera vez que recibían insultos de semejante magnitud y les dolían las mandíbulas de tanto reírse.

Mientras apuntaban una nueva lista de víctimas y proponían los mensajes sonó el teléfono.

Alicia, la mayor atendió pensando que eran sus padres para controlarlas: -¡Hola! ¡Hola!- dijo calmada. Del otro lado de la línea se escuchaba música clásica. –¡Hola! ¡Hola! Volvió a repetir… pero del otro lado solo se escuchaban los acordes de un violín lejano.

Cortó y siguieron preparando su juego.

Cuando se disponían a comenzar su raid telefónico, al levantar el tubo no escucharon el característico tono sino una respiración fuerte y sonora en el auricular. ¡Hola!- Repitió Alicia y haciéndole señas a sus primas para que guardaran silencio les fue pasando el tubo para compartir el extraño sonido. Pero este, tornó en una carcajada estruendosa y desconocida. Era la voz de un hombre.

¡Hola! Gritó Alicia. Del otro lado un largo silencio y luego una voz grave y espesa le dijo susurrando: -Sé que están solas.

Alicia colgó el tubo y aterrorizada comunicó el mensaje a su hermana y a sus primas.

-Nos está mirando- balbuceó Pato.

Lily se largó a llorar y Susana, la acompañó lagrimeando con cara de espanto.

¡Apaguen la luz! ordenó Alicia. Pato corrió a cumplir de inmediato la astuta decisión de su prima. Ahora las más chicas redoblaron su llanto.

¡Silencio! ¡Callense por favor!- les gritó Pato.

Alicia y Pato se asomaron nerviosas a la ventana para escudriñar los departamentos vecinos mientras las más pequeñas lloraban abrazadas.

De pronto escucharon el sonido del ascensor que arrancaba. Corrieron a pegar el oído contra la puerta y corrieron la tranca. Escucharon abrirse la puerta y pasos en el palier.

Contuvieron la respiración con esfuerzo.

El sillón- susurró Alicia. Entre ambas empujaron el pesado sillón contra la puerta, pero en medio de la oscuridad reinante, los nervios y el llanto de sus hermanas menores se llevaron por delante una lámpara que se cayó explotando las lamparitas y una mesita ratona con adornos acuñados a través de los años por la dueña de casa que se desplomaron y crujieron como si se partieran mientras escuchaban el sonido del agua contenida en un florero caer sobre la alfombra.

Pero lograron correr el sillón y se sentían a salvo.

Las dos primas se sentaron inmóviles sobre el sillón en el silencio en la oscuridad.

Canela, la gata maullaba, y como si supiera lo que estaba ocurriendo se acurrucó en los brazos de Lily, su dueña.

Desearon que sus padres llegaran a rescatarlas y nunca los minutos les parecieron tan largos.

El teléfono negro era el único objeto que permanecía en el lugar de siempre y ninguna se animaba a tocarlo.

El Perro Rabioso


Los días en el campo se deslizan placidamente. La cantidad de horas de luz y la temperatura ambiente marcada por las cuatro estaciones del año definen el ritmo de las actividades: preparación de la tierra, siembra, cosecha etc. Parecería que el único tema de conversación en ese ámbito es el clima y cualquier suceso fuera de lo común puede llegar a convertirse debido a la soledad y la distancia en una verdadera tragedia.

Mi abuelo solía contarme lo que le había ocurrido a Don Belisario, el veterinario de su pueblo, un pueblo de campo.

Un viernes por la noche, Don Belisario recibe la visita de Juan, el peón de Don Pascual. Este le pide que vaya al día siguiente por su campo a ver a Rosamora, su yegua favorita ya que no la veía bien.

Don Belisario vivía en el pueblo con su mujer y su hija. Ellas habían planificado ir el fin de semana a visitar a su hermana, cosa que hacían cada dos o tres meses.

Don Pascual vivía en La Rosada, su campito de cien hectáreas con su mujer ya que sus hijos trabajaban en la ciudad. Juan, el peón, vivía en La Rosada durante la semana y los fines de semana volvía al pueblo con sus padres y hermanos.

Ese sábado Don Belisario llevó a su mujer y a su hija hasta la Terminal de Ómnibus y luego subió a su vieja camioneta para dirigirse hacia La Rosada. Le costó arrancarla, seguramente sería la batería, pero luego de unos minutos, encendió y despacio rumbeó tomando el viejo camino de tierra hacia el campo de Don Pascual.

Hacía calor. Belisario pensaba estar de vuelta al mediodía y ya saboreaba los mates que seguramente lo convidaría Don Pascual.

Al llegar a la tranquera, se bajo sin apagar la camioneta, bajo, abrió la tranquera y luego de traspasarla la cerró por si había algún caballo suelto.

De la tranquera a la casa había unos quinientos metros. Busco la sombra de un eucalipto cercano y estacionó la camioneta.

Tomó el maletín y cuando se dispuso a bajar del vehículo, un perro desconocido, negro y corpulento se abalanzó ladrando enloquecido mientras apoyaba sus patas sobre la puerta de la camioneta.

Trató de dirigirle palabras suaves para tratar de calmarlo, pero el perro parecía un monstruo. Ladraba y jadeaba sin cesar. Echaba espuma por la boca, los ojos parecían desviarse y los pelos del lomo erizados le hicieron notar que estaba ante un perro rabioso.

Don Belisario hizo sonar la bocina, pero nadie se asomó. Intentó arrancar la camioneta, pero esta vez no le respondió.

El calor se hacía sentir y Don Belisario se encontraba preso en su camioneta de un perro rabioso. Justo a él. Un veterinario!

Era la primera vez que Belisario se encontraba en una situación de este tipo y no estaba preparado. No llevaba consigo ni agua ni alimentos. Ni hablar de armas. No tenía y tampoco sabía usarlas.

El calor y los nervios le hacían transpirar más de lo común. La camioneta, que estacionó a la sombra con el correr de las horas quedó expuesta a los rayos del sol que parecían concentrarse sobre la cabina de la camioneta convirtiéndola en un horno. Tenía sed y temía desmayarse en cualquier momento.

Belisario trató de dormirse, pero de tanto en tanto el perro se abalanzaba sobre su ventanilla echando espuma por la boca enloquecido. Le preocupaba la ausencia de Don Pascual ¿Y si la bestia rabiosa lo había destrozado?

En el pueblo nadie lo echaría de menos, si no lo encontraban, pensarían que había ido a algún campo cercano a ver animales. Así que tenía que resistir hasta el lunes. Día en que Juan volviera al campo a trabajar. No tenía otra meta: Resistir.

Deseó que lloviera. Él, que siempre pensó que Dios era para los niños, que todavía inocentes podían depositar su Fe en los Reyes Magos, se vio de repente tratando de recordar el Padrenuestro. Si. Belisario se acordó de Dios. Hizo promesas.: “Si me salvo de ésta iré a Misa todos los domingos”, “Si salgo vivo, me voy a Luján caminando” y cosas por el estilo.

Muchas cosas pasaron por la cabeza de Belisario. En especial lo triste que sería morir de esa manera tan absurda: de sed, preso de un perro rabioso. Justo a él, un veterinario de pueblo que lo único que deseaba era vivir en paz.

La bestia continuó girando enceguecida. Mató una paloma y la descuartizó con sus dientes. Luego arreció contra un cajón de madera. La locura del monstruo crecía con las horas como aumentaba la temperatura.

Se hizo de noche y aprovechó para dormir.

El domingo intentó arrancar la camioneta, pero por lo visto se había encaprichado y nuevamente no le respondió. Aprovechó el fresco de la mañana. Ya sabía lo que le esperaba por la tarde: el sol implacable secando su boca ya lastimada por falta de líquido.

No tardó en desmayarse. Así lo encontró Juan al llegar el lunes por la mañana. Todos dicen que fue un milagro que haya resistido tantas horas sin agua con temperaturas tan altas.

Don Pascual y su esposa yacían destrozados del otro lado de la casa. Y la bestia negra , muerta junto a la camioneta.

el camino de los tilos


Cada vez que recuerdo ese día, un frío misterioso recorre mi cuerpo y corta mi respiración.

Cuando sonó el teléfono yo estaba a punto de meterme en la cama. Cuando mi padre respondió supe por la voz, grave y taciturna que algo grave ocurría.

Mi mamá hacía una semana que no estaba en casa. Había tenido que viajar 120 kilómetros para atender a mi abuelo que estaba enfermo y como ya estaba mejor, la esperábamos en casa al día siguiente.

La llamada era de mi abuelo. Mi mamá se había caído y se había fracturado la pierna. Mi papá decidió que iríamos inmediatamente para allá. Yo iría con él, ya que no pensaba dejarme solo en casa y mañana faltaría al colegio. Pero era una emergencia y estaría más que justificada mi ausencia.

Después de todo, 120 kilómetros no son tantos y en dos horas, a más tardar estaríamos por allá.

Mi abuelo se negaba a que hiciéramos el camino de noche. No sé que superstición lo acobardaba. Pero la gente de campo tiene esas cosas. Como mi papá insistió. El abuelo le advirtió que no parara en ningún momento cerca de los tilos. Por más que le hicieran señas mujeres o niños.

Siempre pensé que era un tema de seguridad. Pensé que seguramente allí se esconderían ladrones y asaltantes para burlar a los desprevenidos.

Así fue como metimos algunas cosas en el bolso y luego de parar en una estación de servicio para cargar nafta continuamos nuestro camino.

Tomamos la autopista. Era tarde y había muy poco tráfico. Luego salimos y tomamos una ruta rodeada de campos. Casi se podía ver todo ya que la luna iluminaba con un reflejo brillante a los grupos de árboles y animales.

Luego de un largo trecho tomamos un camino de tierra. No serían más de cuatro kilómetros, pero debíamos pasar rápidamente el camino bordeado de tilos. La niebla comenzó a descender rápidamente envolviendo al auto.

Mientras avanzábamos, vimos claramente como una mujer con dos niños de la mano estaban parados en medio del camino.

Mi padre continuó sin bajar la velocidad. –Papá. Los vas a atropellar- grité.

Mi padre aminoró la marcha sin detenerse e inmediatamente vimos con estupor que la mujer y los niños se encontraban en el asiento trasero sin decir palabra.

Mi papá estaba blanco como un papel y yo me había quedado sin habla. ¿Cómo se habían subido al auto? ¿Quiénes eran estas personas?

Mi papá tomó con fuerza el volante, pero temblaba.

Cuando avanzamos dos kilómetros la mujer dijo – Aquí nos bajamos. Pare por favor.

Mi padre detuvo el auto. Ellos abrieron la puerta, dieron las gracias y desaparecieron.

Cuando llegamos a la casa, mi abuelo adivinó por nuestras caras de espanto lo que había ocurrido. Evidentemente ya lo había experimentado y nos convidó con un vaso de agua fresca.

A pesar de ver a mi mamá, con su yeso a cuestas, pero bien, ni mi papá ni yo pudimos dormir esa noche.

Cuando al día siguiente regresamos a casa, vimos tres cruces al borde del camino. Marcaban el lugar donde la mujer y sus niños se habían bajado del auto.

Fin


La fieta de difrases


Aurora era una prima segunda o tercera de mi mamá, Ya estaba en sus setenta, pero no se le notaba porque desbordaba energía. Siempre alegre, siempre jovial, era el alma de cualquier reunión.

Si bien vivía sola, porque no quería molestar, continuamente se preocupaba por hacer felices a todos los que la rodeaban. Ella era la que organizaba fiestas sorpresa para agasajar a sus familiares y amigos. Era la que siempre estaba cuando alguno estaba bajoneado o triste. La que corría a cuidar al primero que se enfermara. Aurora era un comodín o una scout, siempre lista.

Jamás se quejó porque el dinero no le alcanzaba ni porque le dolía la uña o un dedo. Si alguien necesitaba algo, sabía que Aurora no le iba a fallar.

Pero un buen día, Aurora no apareció por casa a la hora de costumbre, un rato más tarde recibimos un llamado del Hospital. Aurora se había descompensado y estaba internada en estado delicado.

Estuvo varios días en terapia intensiva y luego la trasladaron a habitación común. Nos turnábamos para acompañarla en los horarios de visita y para darle de comer, aunque se negaba.

Una mañana, la encontré sentada, muerta de la risa, conversando con no se sabe quién, porque la verdad es que en la habitación no había nadie. Sentí que un frío helado recorría mi cuerpo. Ella mantenía la charla, se reía a carcajadas y yo me desesperaba por no saber que hacer, ya que me ignoraba por completo.

De pronto las luces se apagaron y volvieron a encenderse. Atribuí el desperfecto a una falla eléctrica.

Aunque a mi me causaba una gran inquietud, las enfermeras entraban y salían de la habitación sin darle importancia.

Le pregunté al médico sobre el raro comportamiento de Aurora y contestó que probablemente sería el efecto de la medicación.

Así continuó día tras día, charlando animadamente con sus visitantes imaginarios, hasta que una mañana logré interrumpir la conversación.

Aurora me dijo: - Me están organizando una fiesta de disfraces.

-¿Quiénes? Le pregunté entre tímida y asustada.

-Toda esta gente que vino a verme. !Son tan divertidos!

-¡Toda esa gente!, ¿Qué gente? Si no fuera por esa sensación extraña de estar siendo observada por espíritus que me invadía, podía llegar a pensar que Aurora se había vuelto loca.

-¿Y Cuándo será la fiesta?Le contesté , siguiendo la corriente.

-Espera que les pregunto. ¡Y les preguntó! Se sonrió mientras yo esperaba la respuesta. La situación me producía escalofríos. Eso de estar junto a una persona que conversa mirando fijamente a la pared no me causaba ninguna gracia. Más bien me producía temor.

-El sábado 23 a las seis de la tarde. Están todos invitados. Vos, Inés, ocúpate de la comida. Hace tarjetitas invitando a todos. No te olvides de Porota, a ella siempre le gustaron las fiestas de disfraz.

-No sé si nos van a dejar. Esto es un hospital.

-Dicen que no va a haber problema. Que las organizan todos los días. ¡Ah! Y que vengan todos con sombrero. Es el requisito para entrar.

Yo no entendía nada de nada. No sabía si estaba viviendo un sueño o una pesadilla. Pero, por si acaso, les avisé a todos los conocidos.

Al día siguiente, estaba más animada. La fiesta resultó un estímulo importante en su recuperación. No paraba de hablar, aunque tanto tiempo en el Hospital la había hecho perder la noción del espacio. Pensaba que estaba en su propia casa y me pedía que le alcanzara tal o cual cosa que estaba en tal o cual lugar.

-¿Y vos de que te vas a disfrazar? Le pregunté.

-¡Ah! No lo pensé. Buena pregunta….

-Decídete, porque me va a llevar tiempo conseguir los disfraces.

-¿Qué te parece de Hada? ¿Es muy común?

-No, Está bien. Si te gusta de Hada, serás un Hada. Respondí.

-Trae un sombrero bien puntiagudo. Que le salga bastante tul de la punta y pégale estrellitas brillantes.

-Está bien. Le dije, -Como vos quieras. Estaba dispuesta a darle todos los gustos. Aurora se merecía eso y mucho más.

Cuando salí, en la puerta del Hospital había un grupo de gente disfrazada. Este parece ser un Hospital fuera de lo común. Tenía razón Aurora. Las autoridades no tienen ningún problema ante la organización de este tipo de eventos. Cuando le comenté a la enfermera de turno acerca de la fiesta del sábado me miró sorprendida. Miró a Aurora, me miró a mí. Volvió a mirar a Aurora y dijo: -Yo pensé que estaba mucho mejor. Y agregó: -¿A qué hora?

-A la noche. Alrededor de las ocho. Entonces, hizo una mueca con los labios.

-Justo es mi turno, dijo. Gracias por avisarme, así me preparo para lo peor. Luego se dio media vuelta y se fue.

-¡Qué comentario raro!, ¡Qué mala onda! !Seguro que no le gustan las fiestas! Me dije.

Era obvio que estaba mejor, sino no íbamos a organizar una fiesta.

Puse manos a la obra. Alquilé un disfraz de Hada para Aurora. Personalmente armé el sombrero tal como ella lo quería. Luego, con unas telas viejas improvisé disfraces para toda la familia. No tuve tiempo para cocinar, así que encargué sándwiches y masitas en una confitería.

Nos encontramos todos los amigos, vecinos y familiares en la puerta del Hospital. Cada uno debía traer la bebida que consumía. Subimos tratando de guardar el mayor silencio posible. De pronto recordé que con el apuro de preparar todo y cargar el auto con la comida me había olvidado el disfraz de Aurora en casa, colgado de una percha. Me invadió la desesperación. Ya era la hora. ¿Cómo podía haber olvidado lo más importante?

-¡Un momento! Dije. ¡Me olvidé el disfraz de Aurora!

-Todos me miraron con cara de reproche. ¿Y ahora que hacemos? Dijo mi mamá. -!Yo voy a buscarlo ! Gritó Tomás

Pero ya habían abierto la puerta de la habitación. La cama estaba vacía y no había ninguna enfermera cerca para preguntarle que sucedía.

Parecíamos todos locos. Disfrazados de pollo, de oso, de mendigo, de caperucita, de chapulín colorado, abarrotando los pasillos de un hospital.

De pronto, vimos que la enfermera de turno se acercaba rápidamente. Nos abalanzamos con preguntas. Queríamos saber donde estaba Aurora.

-¿Ya están listos para la fiesta? Preguntó con su proverbial sequedad.

-¡No! Olvidé el disfraz de Aurora. Pero ya mando a alguien a buscarlo.

-La hora señalada ya pasó. Queme el disfraz. Respondió la enfermera sin cambiar la cara. Y agregó: -Aurora sufrió un paro cardíaco, pero va a estar bien. Ya van a ver.

El comentario de la enfermera me hizo pensar que ella sabía mucho más de lo que aparentaba. Y que lo que Aurora veía no era producto de la medicación. Que había algo real que nadie se atrevía a comentar.

Siguiendo el consejo de la enfermera, lo primero que hice al llegar a mi casa fue quemar el disfraz, algo que Aurora jamás me perdonó. Pero no me importó. Intimamente sabía que mi olvido la había salvado de una muerte anunciada.

Al día siguiente Aurora estaba en perfectas condiciones. Pero enojada. Muy enojada conmigo. Decía que le había arruinado la fiesta. Que todos sus amigos habían desaparecido por mi culpa. Que yo era una desconsiderada. Que ella jamás se hubiera olvidado de traer un disfraz.

En pocos días le dieron el alta y volvió fresca como una lechuga a su casa.

Sus amigos invisibles, que tanto la divertían, habían desaparecido por completo.

Tal vez estén organizando otra fiesta de disfraces en otra habitación del hospital.

Fin

infierno 66


Como todos los días, por la mañana me encuentro con varios compañeros de quinto grado para ir caminando hasta la escuela. Carlos, mi compañero de banco, el más alto y corpulento del curso. Tavo, flaquito y pálido, siempre con miedo a todo. Andrés, el carilindo, le decimos el Facha, por el que todas las chicas suspiran, y yo, Martín.

Siempre salimos temprano, para ir charlando tranquilos y siempre pasamos por un lugar maravilloso. En realidad, nunca entramos y desde la calle apenas podemos ver algo. El predio debe ocupar unas dos manzanas.Está rodeado de un paredón altísimo, pero una reja flanquea la entrada. A través de la reja podemos ver estacionados, decenas de colectivos destartalados.


Dice mi papá que cuando los colectivos tienen un accidente o el choque es muy grande, muchas veces no conviene arreglarlos porque es muy caro, entonces los remolcan hasta ese depósito y los usan como repuestos para otros vehículos.

La verdad es que solo vimos entrar o salir a un señor que llega por las mañanas que parece ser el cuidador.

Para nosotros es como un parque de diversiones inaccesible al que miramos con la pretensión de poder ingresar sin pagar entrada. Muchas veces es nuestro tema de conversación. Que por donde se podrá entrar, que qué pasaría si saltáramos la reja, que si el señor lo cuidará día y noche, y así continuamos divagando sobre la posibilidad de introducirnos en el preciado depósito vehicular.

Por la tarde, al volver de la clase de gimnasia, vimos que el cuidador estaba cerrando la reja y luego se iba caminando despacito hacia la parada de colectivos.

Carlos, vio al instante una oportunidad.- ¿Y si entramos? Nos preguntó entusiasmado.

-No, mejor nos vamos, dijo Tavo con esos ojos de cordero miedoso.

-¡Si! ¡Dale, entremos! Se entusiasmó el Facha.

Yo miré el reloj y vi que todavía era temprano. ¡Total! ¿Cuanto tiempo tardaríamos en dar una vuelta?, con una hora alcanza y sobra, pensé.

Carlos ya estaba montado en lo alto de la reja y nos daba una mano para ayudarnos a treparla. Tavo, como siempre, fue el último. Enganchó la pierna en el travesaño y mientras trepaba repetía: -Nos van a agarrar, va a venir la policía, nos van a dar una flor de paliza.

Carlos enojado le gritó-¡O te callas o te vas!

Ya estábamos todos adentro. Era un paraíso. Colectivos de todos los colores y de todas las líneas, acarreando tremendos choques. Algunos hacía rato que estaban allí, por el óxido de los hierros. Otros parecían más recientes. Había varios incendiados.

Nos llamó la atención el interno 24 de la línea 106. Todo el frente y el lateral derecho destrozado. ¿Qué habría pasado? No quedaba una ventanilla sana de ese lado y los asientos, tapizados en cuerina negra, estaban destrozados. El accidente debió ser terrible.

El interno 24 estaba medio inclinado, pero igual entramos a mirar. Todos menos Tavo, que se quedó petrificado en medio del playón.

Una niebla espesa comenzó a descender. ¡Qué humedad!, pensé.

En el interior, encontramos entre los hierros retorcidos de los asientos desencajados, un chupete, un zapato, anteojos rotos, un diario, otro zapato de mujer. Había vidrios del tamaño de la sal gruesa desparramados en el interior. Un escarpín de bebé colgaba del espejo retrovisor del conductor. Pensé que posiblemente eran las pertenencias perdidas de los pasajeros.

Un grito nos sobresaltó. Salimos disparados a la carrera. Era Tavo. -Algo se movió allá atrás. ¡Vayámonos!. Dijo asustado.

Carlos preguntó: -¿Por dónde?

-Atrás del 88. Vi algo que se movió. Me quiero ir.

El Facha, le dijo -Es temprano todavía. -¡Vamos a ver! y salió corriendo hacía el sitio señalado, seguido a corta distancia por Carlos que estaba a sus anchas.

Yo también tenía ganas de ir a investigar pero lo vi tan alterado a Tavo que decidí quedarme un rato con el y ver que pasaba.

Transcurrieron unos minutos y la impaciencia me estaba afectando. ¿Y? Grité con todas mis fuerzas.

-¡Vengan, Vengan! se escuchó la voz de Carlos. Lo agarré del brazo a Tavo y le dije: -Vamos a ver.

-¡No! ¡No quiero! protestó

-!O venís o venís!. Le dije y lo arrastré contra su voluntad.

Había un colectivo en perfectas condiciones. El interno 66 de la línea 60. Carlos y el Facha se habían acomodado en su interior. Carlos estaba sentado al volante cual conductor profesional. Subimos y nos sentamos en los primeros asientos. Todos reíamos divertidos. Hasta Tavo parecía contento con el descubrimiento..

De repente se cerraron las puertas automáticamente.

-¿Qué tocaste? Le grité

-¡Nada! ¡No toqué nada!!Te lo juro!

De pronto se encendieron las luces. -¡Algo tocaste! Le dijo el Facha.

Carlos sorprendido gritó : -¡Te juró que no! Y como un resorte saltó de la butaca del conductor para sentarse junto a nosotros, en los asientos de pasajeros.

Nos miramos todos extrañados. Tavo comenzó a transpirar de los nervios y a restregarse las manos.

No habíamos salido de nuestro asombro cuando el motor comenzó a rugir. La palanca de cambios se movió como por arte de magia y el colectivo comenzó a avanzar lentamente por el playón, conducido por quién sabe quién. El chofer fantasma puso segunda y avanzó a mayor velocidad. Luego tercera y finalmente pasó en pocos segundos a cuarta.

El colectivo avanzaba por el playón, rodeando otro grupo de vehículos estacionados en el centro del mismo a gran velocidad. Teníamos que sujetarnos fuertemente de los asientos para no caernos.

Tavo lloraba y gritaba sin parar. Pronto los cuatro acompañamos sus gritos a coro. A nuestros gritos se sumaron risas fantasmales que agregaron pánico a esa experiencia descontrolada. De pronto sonó el timbre de la puerta trasera. El chofer fantasma redujo la velocidad, la puerta trasera se abrió y se cerró en segundos para volver a tomar carrera rápidamente.

Los cuatro, impávidos sin saber que hacer, veíamos caer la tarde en nuestro viaje misterioso a ninguna parte.

La velocidad impedía que pudiéramos pararnos.

Carlos comenzó a arrastrarse por el piso mientras se sujetaba de los asientos y tomando a Tavo del brazo lo obligó a tirarse al piso hacia la puerta trasera. De repente, escuchamos nuevamente el timbre de la puerta trasera, era nuestra oportunidad de escapar.

Carlos ya estaba con Tavo junto a la puerta. El colectivo redujo la velocidad, frenó y la puerta se abrió. Carlos y Tavo se arrojaron del colectivo. El Facha y yo no llegamos a tiempo ya que la puerta volvió a cerrarse en segundos.

Carlos y Tavo que estaban a salvo, nos miraban espantados desde el playón. Y nosotros continuamos nuestro viaje estirados en el piso junto a la puerta trasera, entre las carcajadas de los espectros que nos acompañaban, con la esperanza de que alguno tocara el ansiado timbre.

La noche se acercaba. Mientras tanto, Carlos Y Tavo arrastraron un par de cubiertas para depositarlas en medio de esa pista macabra con la intención de detener al interno 66. Pero el fantasma maniobró esquivando el obstáculo con destreza mientras lanzaba una carcajada que resonó como un tambor.

Pensé que jamás podríamos abandonar esa máquina siniestra ya que el timbre no volvió a sonar.

Carlos seguía tramando la manera de detener al colectivo. Entonces, se paró a un costado y estiró el brazo. El chofer detuvo su marcha y abrió la puerta delantera para permitir su ingreso. Pero Carlos no subió. El chofer , entonces, volvió a acelerar en loca carrera.

Con el Facha nos arrastramos hacia la puerta delantera y esperamos. Nuevamente Carlos estiró el brazo en un nuevo intento por detener la alocada marcha. El chofer frenó y abrió la puerta delantera. Ahí nos abalanzamos y nos arrojamos rápidamente.

Estábamos a salvo. Un poco magullados, pero vivos. Salimos corriendo, trepamos la reja del portón y llegamos a la calle. Cuando miramos hacía atrás. El interno 66 de la línea 106 estaba estacionado en el lugar de siempre.

Fin